martes, 10 de octubre de 2017

SEAL Team. Reseña The Other Lives (1.02). El honor del soldado.



Había que darle otra oportunidad a Seal Team. Suele pasar en los episodios Pilotos de los procedimentales, a pesar de la conjunción de talentos que los hacen posible, a pesar del tiempo que disponen para desarrollarlos suelen fallar. En el ansia de presentarnos personajes y tramas se exceden en las explicaciones, o como en el de Seal Team en loas al héroe.



En Other Lives el guion se ajusta, ya no nos cuentan a los personajes, por fin tienen voz, silencios y miradas que nos descubren sus sentimientos y sus razones. Y además, no sólo vuelan miles de kilómetros para matar a otros, para imponer la política del imperio sino que mienten como bellacos, conspiran contra su gobierno para salvar otras vidas.
                                                                      
Other Lives  muestra la difícil relación entre las dos vidas de los hombres del Tier One, la intensa que viven de uniforme y la rutinaria que soportan con camisa de cuadros. Cuando son dueños de vida y muerte y cuando sólo son padres y maridos que aman y a los que amar. Jason Hayes no es capaz de cruzar el precipicio que separa una y otra. Ya no siente remordimientos por la muerte de su compañero, pero tampoco ningún desasosiego por la ruptura de su vida familiar. Y sin embargo cuando acabe el episodio habrá vislumbrado las razones de su quiebra y su necesidad de resolverla gracias a una casa por desmantelar, un césped sembrado con cascara de huevo, un niño moribundo y unas cajas por embalar.



En el Piloto cuando Jason se reencuentra con Alana, su esposa, se muestra displicente ante el hecho de que la viuda y el hijo de Nate se queden a dormir en su casa, le da igual, él ya no vive allí. Cuando lo vemos en Other Lives llega a la casa de Nate, una casa desmantelada con los restos de una vida rota tirados por el suelo. Molly muerto su marido quiere desprenderse de todo, empezar una nueva con su familia, Alana es la encargada de embalarlo. Demasiado trabajo, dice.



Jason se le acerca sonriente, en los ojos bailándole promesas ¿por qué no se van a cenar? A Alana no le parece una buena idea, y cuando él insiste que es una idea genial ella le recuerda lo que pasó la última vez. Él lo hace, y el recuerdo le ilumina la cara: el sexo nunca fue un problema para ellos.



El problema fue que nunca estuve aquí. Ese era el problema, ¿verdad? —le pregunta, realmente es un hombre confuso; pero Alana tiene las cosas muy claras y ofendida por su displicencia le asegura que no.



Nuestro problema es que no estás aquí ni siquiera cuando estás aquí.— Y la alegría, y las promesas desparecen del rostro de Jason cuando ella insiste, si se están tomando un respiro, se están tomando un respiro.



Cuando su mujer se marcha, Jason, ciego, siente lo injusto de sus palabras y recuerda una conversación en el patio de aquella misma casa cuando le contó a su amigo que se iban a separar por un tiempo; por el contrario Nate le explica que había contratado a un jardinero porque en el último despliegue a Molly se le olvidó abonar el césped con cáscara de huevo y tuvieron una gran pelea, después de todo un jardinero es más barato que un divorcio. Bromean, pero que Jason recuerde esa insignificante conversación no es baladí, aunque no lo hubiera pensado antes en el divorcio, ahora es una posibilidad. Lo cierto es que Jason tiene un problema.



No es el único que lo tiene difícil. Mientras el engreído de Clay Spenser se somete a un duro entrenamiento para llegar a ser un miembro del equipo ante la aparente indiferencia de los miembros del equipo Tier One. Y Ray y su esposa cuentan las semanas para el nacimiento del bebé, ocultando a la doctora la naturaleza e impredictibilidad e su trabajo.



La nueva misión les llevará al norte de Siria, deben recoger pruebas de que el régimen está fabricando armas químicas en un hospital. Es una misión peligrosa, además de acudir a un lugar donde se libra una guerra civil, tratarán con las sustancias más mortíferas que el hombre ha podido fabricar, para identificarlas les acompañará como paquete el doctor Lucien experto en la materia. El hombre no se ha visto en otra, tendrán que lanzarse en paracaídas. Y es confortador ver como Sonny, Bravo 4, se preocupa por su bienestar mientras se preparan por el salto, como se preocupan unos por otros, incluido el perro Cerbero con su máscara terrorífica.

Y cuando lo toman, Jason, Bravo 1 siempre por delante, en un intento por proteger a Ray, Bravo 2, llega la sorpresa, veintitrés civiles entre ellos siete niños en diversos estadios de enfermedad.



Y en una conmovedora escena uno de los niños le pide ayuda a Jason, está afectado por las sustancias químicas que allí se fabricaban y de las que se ha producido una fuga. Jason se le acerca, le acaricia y en un intento de consolarle le entrega una medalla, le mantendrá a salvo, le protegerá.



Pero Jason no sólo le ofrece palabras sino sus dosis de atropina. Es mayor su ansia por salvarlo que la de preservar su vida. Asistiendo a esta escena se comprende mejor su problema, porque no hay comparación posible entre la satisfacción que se siente tomándose unas cervezas con los amigos, amando a una mujer, escuchando el recital de canciones sentimentales de un hija y la que proporciona el salvar unas vidas que a nadie importan. Tienen que sacarlos de allí, llevarlos donde reciban la atención médica necesaria aunque eso suponga hacer frente a una fuerza enemiga muy superior a ellos.  



Mientras el doctor y parte del equipo descontaminan el laboratorio y toman muestra de las sustancias que allí se fabricaban, Jason y Ray discuten sobre la maldad de las armas químicas, sobre sus inventores y sus primeros fabricantes, el ejército norteamericano (sólo que ellos son los buenos y no lo usan) desde el centro de mando les informan no sólo de que no hay posibilidad de sacar a toda aquella gente de allí sino de que deben terminar rápido porque una fuerza enemiga se les acerca.



Sonny (Bravo 4) no tiene muy claro que puedan enfrentarse a un ejército. Sabe que los civiles morirán si los dejan allí, pero en un chute de realidad le asegura que tiene que ser muy cuidadoso al decidir lo que es mejor para la vida de otra persona.

Digamos que los sacamos, ¿y luego qué? Nadie los repatriará de una zona de guerra. Tendrán suerte si terminan en Europa. Si no pasarán el resto de sus vidas en un campamento de refugiados.

— Es cierto —acepta Jason—¿Vas a decirle eso en su cara a los niños de allí abajo?— le pregunta.



No voy a mirarlos. Hay muchos lobos en este mundo. Un perro pastor estará muy ocupado intentando mantener su manada a salvo, no tiene tiempo para vigilar a nadie más —le explica Sonny. Es lo que hacemos la mayoría ¿no? preocuparnos por nosotros y los nuestros, amar a los que tenemos cerca y olvidarnos del resto.

Pero Jason es un soldado y un buen hombre que quiere a pesar de todo ir al cielo y sus palabras son las que son.



No hay mucho honor en eso.

No, no lo hay, es cierto, pero es lo que es.

Y las cosas se complican un poco más cuando Davis le informa que la mujer de Ray está de parto y el niño tiene problemas. Será decisión suya decírselo o no a su compañero. No lo hace. Tampoco cambia de opinión el alto mando. Su misión sigue siendo recoger las muestras y marcharse.



Entonces Jason se dirige a sus hombres, como su comandante en tierra la única orden que puede darles es la de marcharse, les dice; pero no la va a dar, tampoco dará la de quedarse, quien quiera puede irse. Los que se queden defenderán la posición contra un gran número de enemigos en la esperanza de que cuando los boinas verdes se enteren de que están siendo atacados les ayuden. Ninguno duda. Todos se quedan.



—¿Tienes todo lo que necesitas para probar que el régimen estaba fabricando el agente nervioso? — le pregunta al doctor mientras esperan la confrontación.

Lo tiene, reunió suficiente pruebas para envenenar la mitad del país, le explica. Los civiles deberían estar muertos por las dosis a las que han estado sometidos, le explica. Y entonces Jason tiene una idea.

Dando “por supuesto” que los técnicos del laboratorio limpiaron el equipo, informa al centro de mando que según el doctor las muestras recogidas no van a servir de nada, cree que están diluidas. Si necesitan pruebas de que en ese lugar se estaba fabricando veneno necesitarán llevarse a la gente. Veintitrés serán suficientes.

¡Oh, eso es bueno, Jason Hayes! —exclama su superior consciente de lo incierto de sus palabras.

Sí, señor. Señor, sólo estoy transmitiendo la información —se justifica.



Y lo hacen, con el apoyo de Mandy Ellis, de Davis y del teniente Blackburn al frente de la conspiración consiguen que el estado mayor cambie la misión, sacarán a la gente, es una necesidad humana, los boinas verdes les prestarán ayuda.



Y por fin vemos la guerra y no la acción virtual, mientras sacan a los civiles y los transportan hasta los vehículos de evacuación las balas, los morteros caen a su alrededor, pero Jason aún tiene tiempo de volver atrás. Cuando sale lleva consigo al niño moribundo.



Una escena más que nos explica el por qué Jason no está con su familia cuando está con ellos. Es un soldado que mata pero también un hombre de fuertes sentimientos, un hombre de honor, que no se deja arrastrar por el vértigo de la acción.



Al regreso les esperan buenas noticias, el niño de Ray y su mujer están bien y este agradece que durante la misión no le haya contado los problemas del parto; por su parte Clay, el novato ligón no sólo se queda sin la hermosa Stella sino que a pesar de sus bravuconerías no logra quedar entre los cinco primeros, no ha sido el último, pero tendrá que seguir con los entrenamientos.



Cuando Jason vuelve a la casa de Nate, Alana y su hijo siguen recogiendo trastos. La presencia del muchacho trastoca algo dentro de él. Tal vez el recuerdo del niño muerto entre sus brazos le hace comprender que él también tiene un compromiso con su familia. Y llamando a su hijo le pide que le ayude a embalar cajas.



¿Han acabado los problemas emocionales de Jason o el compromiso con su trabajo y su honor lo mantendrá alejado una vez más de su familia?


Y no, no he necesitado suspender mi incredulidad ante la conspiración más que otras veces; no es una ingenuidad pensar que en la realidad hubiera sido posible, que todos los miembros del Tier One comprometidos no hubieran perdido su trabajo por mentir al estado mayor. Un el mundo de la postverdad en que estamos inmersos, en el que todos mienten de acuerdo con sus intereses, la mentira de Other Lives al menos es gratificante. Los chicos buenos hacen cosas buenas.  Ojalá fuera siempre cierto.



No hay comentarios:

Publicar un comentario