domingo, 17 de marzo de 2013

EN NOMBRE DE LAS TETAS DE KATHY BATES II




DEL PODER EMBRIaGADOR DE  LAS JUDIAS BLANCAS

 CON ARROZ... Y CHORIZO

 Si Vanessa me hubiera conocido año y medio antes no me hubiera pellizcado el trasero.

Una certeza: me crié en los setenta en el seno de una familia fruto de la era franquista, reprimida y represora. Con la memoria siempre presente del abuelo quemado en la caldera del tren allá por el treinta y seis y de mujeres de cabeza rapada escondiéndose en los rincones. Fue un imperativo categórico que asumiera el convencimiento de que sólo caminando recto por la acera, manteniendo siempre el carril de la derecha, adelantando por la izquierda, me abriría camino, sin hogueras ni autos de fe. Liso, sin accidentes. Como Evelyn decía.

Les creí y me equivocaron. Y no debieron. La pesadumbre por el error me corroyó el estómago durante meses. Al menos sirvió para algo. Vanessa admira mi trasero. Fue en los nueve meses de aflicción cuando perdí casi treinta kilos. Me sobraban. Se me habían ido acumulando en veintiséis años de vida en común con un gran comilón de judías blancas.


Sí, parece mentira que en esta época pos postmodernista, en este mundo fashión de las deconstrucciones aparentes, de Adriá, de Arzak, mi marido fuera un zampón incorregible de esa humilde legumbre; pero lo era (pretérito perfecto). Como es natural ahora que tiene millones, el gran amante, ha descubierto el sushi, y la tortilla encopetada.

Reconozco que una parte del mérito de que se casara conmigo la tuvieron las judías blancas con arroz y chorizo de mi madre. Le enamoraron desde la primera vez que se las puso por delante. Tal vez porque él no conocía a la suya y ya se sabe. Nada hay más tierno que las tiernas judías de una madre. Suaves al paladar como mano de púber y un pelín picantes. 

Como lengua de zorra de autovía por estrenar las preparaba la mía. El secreto, cocerlas muy despacio, muy despacio, casi en el uno de la vitrocerámica con agua de Solan de Cabras y encandilarlas con chorizos curados. En el sofrito una punta de cayena que se cae en el aceite y se rescata al primer brinco. Y el arroz, bomba, bien gordo, del que absorbe la grasa. Integral con sabiduría, que diría el pedante.

Otro secreto. El agua que las cubra casi helada, para que luego muy despacio y dulcemente cuando comience a hervir las burbujas les susurren nanas que las adormezcan mientras se les arruga la piel, y  no se asusten cuando las desnuden. Porque ya sudorosas, impacientes y ansiosas se les saltan los cierres y soliviantadas se desbordan como magma incandescente en blanca espuma.

Ese es el juego: un suspiro y un susto. Y viceversa. Apaciguarlas, desalentarlas, romperles la pasión para cuando no se lo esperen regarlas de nuevo con un arroyo glaciar que las envuelva en espera, para que todo empiece y sea una vez más.

Una vez más la caricia, el temblor, el hervor, la entrega, el derrame. Y una vez más, cuando la espuma vuelva a recubrir su cuerpo, devolverlas a la santa espera con un nuevo chaparrón. Cuanto más se demore la ebullición, cuanto más se las soliviante más dispuestas estarán a abrazar al picantón chorizo, al consolador arroz.

Suaves al paladar, deshaciéndose en la boca como pezones de novicia tímida llegan a la mesa.

Comida de antaño, de cuando nadie perdía el tiempo. Y luego una buena siesta y al desagüe. Así mi marido como mi padre.

Dejémoslo por ahora.

Lo cierto es que estaba a punto de cumplir cincuenta y un años. Sin darme cuenta se habían ido cayendo los días de los calendarios como hojas en otoño. Me sobraban tres arrobas, dos carreras, una docena de niveles de complementos en la nómina —ni percatarme de cómo se me habían adherido— y una complacencia con mi destino que, en la modorra de la cuarentena, no juzgué perniciosa. 

El gran sueño cumplido. Un discurrir sin tormentas ni avalanchas. Un acomodo al que la vida se asomaba como un rumor lejano. Cuando el mundo conocido a mi alrededor se desmoronaba, cuando las torres más altas se convertían en chatarra y sólidos matrimonios la menor brisa los ablentaba, nosotros, José Antonio y yo, transitábamos por una senda bien trillada sin contratiempos, con la parsimonia del que aún oye las campanas.

Vanidosa, confundí la modorra y la llamé madurez. Hasta me atreví a despotricar contra mis viejas amigas del Colegio San José que luchaban contra el desastre del tiempo. Mis ridículas preciosas llamé a Miluchi y a Terelu, las antaño inconquistables. Y eso que las quería.


¡Las pobres!, me burlaba, que se pasaban las horas muertas en la clínica de la Corporación Dermoéstetica de la plaza General Riquelme en espera de que cirujanos sin residencia les acariciaran los mustios pechos y las pomposas caderas, que soñaban que entre masaje y masaje a alguno de ellos se le disparaba la libido y les aplacaba los sofocos que avizoraban.

¡Las pobres! Miluchi, abandonada desde hacía un año y cornuda desde el primer beso, a la que en cumplimiento riguroso de los deberes conyugales le habían hecho cuatro hijos; la otra, Terelu, a punto de perder el tercer marido, diez años más joven que ella, a manos de la mujer de un político que salía todas las semanas en el Hola.

¡Las pobres!, pensaba. Sólo disponían de un cuerpo que ofrecer a los zánganos y ya no eran precisamente unas adolescentes de cuarenta kilos, pechos prietos y muslos tersos por mucho que se esforzaran. Y lo hacían, desde la Corporación se desplazaban en sus todoterrenos negros de amas de casa desesperadas a corroborar ansiosas, en las básculas de Nature House, en la misma plaza de la Villa, la migración de lípidos que los deseos satisfechos habían desbaratado. Mientras yo, en mi casa, con mis libros y mi música, merendaba tarta de chocolate, ellas, después de todo lo sufrido, soportaban el helor del lecho conyugal con el único consuelo de un conguito.

Decía las pobres y me burlaba, no las compadecía. ¿No se refocilaban en pocilgas de humo sus maridos perjuros? Algo habrían hecho para ser abandonadas. Aunque sólo se hubieran equivocado en una palabra.

Por supuesto que sobre mi matrimonio y mi sosegada vida no se cernía ningún peligro. Que yo estaba por encima de sus mezquindades de maruja descarriada, sin más oficio que su espejo y sus manzanas. Yo era la afortunada. Una mujer con los pies en la tierra. Una mujer real, sin sueños perturbadores ni deseos impuros. Como Fray Luis la cantara. Con un marido cuya sobrada inteligencia le permitía distinguir perfectamente el culo de las témporas y apreciaba y respetaba los viejos juramentos. Lo que suponía que no perdía los pantalones ni se olvidaba los calzoncillos en los lavabos de los bares de moda. Al menos en veintiséis años jamás eché ningún par en falta.


En mi cama había neutralidad y una temperatura ideal, ni ardiente ni fría. Templada. Siempre he pensado que lo físico sólo era una prioridad para las almas adocenadas. Que a nosotros nos habían moldeado en titanio. Vaya por delante que José Antonio ya apenas me tocaba; que después de un “buenas noches, que duermas bien, cielo” me daba la espalda, apagaba su lamparilla y se ponía a roncar y a bufar. Natural. Era lo que correspondía en una pareja sin hijos después de veintiséis años de matrimonio. Y yo lo disfrutaba. Me colocaba mis gafas y recibía mi ración diaria de Jane Austen o de León Tolstoi según la temporada. El padrecito ruso principalmente en invierno, por lo del frío de la meseta que me recordaba la nieve y el hielo de la estepa siberiana. Moscú. Siglo XIX. Grandes palacios donde deslumbrar al mundo bailando un vals en brazos de un archiduque barbudo.

Por salones de mármoles y porcelanas me deslizaba.


Feliz y Orgullosa. Como burro con anteojeras. Ni la más leve sospecha de que se barruntaba un tsunami.

Siempre pensé que mentían las mujeres que decían descubrir un día, un día cualquiera, una mañana normalmente fría, que las habían engañado. Para mí era imposible que una mujer viviera con un hombre, durmiera en su misma cama, planchara sus camisas, las metiera en la lavadora o recogiera por la mañana sus calzoncillos  y no supiera que le ponían los cuernos. Lo era. Lo es. Me ocurrió.
El 20 de agosto de 2009 me enteré de que pertenecía al club de las malcasadas. Y más que dolor confieso que lo que primero que sentí fue vergüenza. 

O yo soy la excepción o el humo ciega los ojos de las mujeres, aunque hiciera veinte años, como en mi caso, que me había fumado el último porro. Ojalá y no lo hubiera hecho. Al menos en la bruma hubiera perdido la vergüenza y nada habría importado. Pero estaba del cielo que no debería ser así. Que debía encontrar mi segunda sombra. Una inevitabilidad antropológica en la mujer premenopáusica.




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